Auditoría de lo invisible

El costo cambiario no aparece en ninguna factura, no se audita y jamás se licita. Vive dentro de la tasa, donde el precio de mercado y el margen del intermediario viajan en la misma cifra.

Auditoría de lo invisible
El tipo de cambio: una micro-auditoría indispensable

El costo cambiario es de los pocos gastos serios de una empresa mediana que jamás sale a concurso. La razón no es técnica.

A las 9:40 de una mañana cualquiera, el tesorero de una importadora de Guadalajara llama a su banco y compra 200,000 dólares. Le dan una tasa, la acepta y cuelga. La operación no genera comisión, no aparece en ningún renglón de gasto y nadie la revisará en el cierre de mes. También es, con buena probabilidad, la decisión más cara que ese tesorero tomará ese día.

El costo estuvo ahí, dentro del tipo de cambio. Es el único lugar de la operación donde el precio de mercado y el margen del intermediario viajan en la misma cifra. Cuando esa misma empresa compra acero, el material va en la cotización y el flete en otra línea del pedido. Cuando compra dólares, ambas cosas llegan fundidas en un solo número. Ninguna cláusula lo oculta; simplemente no está escrito en ninguna parte.

La aritmética es sencilla y poco discutida. Una importadora que mueve 500,000 dólares al mes con una tasa un punto porcentual por encima del interbancario entrega 60,000 dólares al año a quien le vende la divisa. A medio punto, 30,000. La diferencia entre ambos escenarios cubre el sueldo anual de un gerente y no requiere vender un peso más.

Nada de eso llega al estado de resultados bajo un rubro llamado costo cambiario. Se disuelve en el costo de la mercancía vendida, donde se vuelve indistinguible del precio del acero, del plástico o de la maquinaria. El resultado es una asimetría curiosa: el mismo director que dedica tres días a renegociar 40,000 pesos anuales de telefonía aprueba, sin enterarse, un costo veinte veces mayor. No es negligencia. Es que nadie se lo presentó nunca como una decisión.

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La volatilidad como camuflaje

Cuando el peso se mueve cuarenta centavos en una semana, la pregunta de cuánto del costo fue mercado y cuánto fue margen se vuelve difícil de contestar un jueves a mediodía, y por lo tanto deja de hacerse. Ahí opera la mecánica central del asunto: mientras más se mueve el tipo de cambio, menos se distingue lo que cobraron por moverlo. La volatilidad no crea el sobreprecio, lo esconde.

La referencia, en cambio, existe y es pública. El Banco de México publica el FIX cada día hábil y el interbancario se cotiza en tiempo real, gratis y a la vista de cualquiera. La pregunta incómoda no es si el dato está disponible, sino cuántas operaciones del último trimestre quedaron registradas junto a la referencia que corría en el minuto exacto de la ejecución. En la mayoría de las medianas mexicanas la respuesta es ninguna, no por descuido, sino porque el proveedor entrega la tasa y no la comparación, y pedir la comparación no es costumbre.

Tres coartadas razonables

La primera es la ausencia de un precio de referencia en el momento que importa. Quien compra acero conoce el mercado del acero; quien pide divisas a las 9:40 rara vez sabe dónde estaba el interbancario a esa hora, y cuando lo averigua la operación ya salió. Sin referencia no hay negociación, solo aceptación.

La segunda es la relación bancaria, y tiene fundamento. Veinte años con el mismo banco suelen significar que ese banco abrió la línea de crédito cuando hacía falta. Pero la línea y el tipo de cambio son dos productos distintos que se evalúan como si fueran uno. Ninguna empresa le asigna el seguro corporativo a su proveedor de café porque el café lleve dos décadas llegando caliente.

La tercera es humana. Auditar el costo cambiario implica descubrir cuánto se pagó de más durante años y después explicarlo en una junta donde alguien preguntará desde cuándo ocurre. Suponer que el costo es razonable cuesta mucho menos, al menos en el corto plazo.

Lo exigible el lunes

Tres cosas, las tres por escrito.

La primera es la referencia. Cada operación debe llegar con la tasa de mercado del momento de ejecución al lado de la tasa aplicada. La resta es el costo. Un proveedor que no puede producir esa comparación ya contestó la pregunta.

La segunda es el costo completo del trayecto: cuánto cobran los bancos corresponsales y quién los absorbe. Un pago sale por 50,000 dólares y aterriza en 49,955. Esos 45 dólares también son precio y se repiten en cada operación del año.

La tercera es el registro. Tres meses en una hoja de cálculo con cuatro columnas: fecha, monto, tasa aplicada, tasa de mercado. Al final del ejercicio la empresa tiene lo que hoy no tiene, que es una cifra. Con una cifra se negocia; con una intuición se acepta.

Medir también es decidir

Nada de esto exige desconfiar del banco. Exige tratarlo como se trata a cualquier proveedor grande: cotización comparable, costo defendible y una respuesta lista para el día en que el consejo pregunte por qué ese rubro nunca salió a concurso. El cambiario es de los pocos costos serios de una empresa mediana que jamás se licita, no porque sea imposible, sino porque no se ve.

En EFEX partimos de que un costo cambiario debe poder explicarse, no solo cobrarse, con el tipo de transparencia que construye un verdadero 'partnership'. Un costo que no se mide no vale cero y ese "cero acumulado" puede resultar demasiado costoso.

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